Un edificio puede considerarse sostenible si cumple con una serie de requisitos que garanticen su impacto ambiental mínimo y una gestión eficiente de los recursos. Asimismo, debe tener un diseño funcional, duradero y accesible que garantice confort térmico, acústico y lumínico bajo los conceptos de eficiencia energética y salubridad para usuarios o residentes.
También, se debe gestionar con un enfoque holístico y equilibrado en la utilización de los recursos y la minimización del impacto ambiental. Es decir, los materiales de construcción deben ser reciclables o reutilizables para reducir los residuos, se debe implementar sistemas de recolección de agua de lluvia para reducir el uso del agua potable o que el agua de lluvia se infiltre en el suelo para alimentar los humedales cercanos. Por otro lado, el edificio debe estar estratégicamente ubicado con el fin de que sea accesible para los usuarios y se respete el ecosistema local.
Vale la pena aclarar que una de las características de la sostenibilidad es el beneficio económico. Por lo tanto, los edificios verdes suelen ser muy competitivos en términos económicos, porque tienen en cuenta su ciclo de vida completo. En resumen, debe reunir características como energía, agua, materiales y residuos, respeto al entorno y competitividad económica.
Es importante considerar factores como su diseño, construcción y materiales utilizados. También se deben tener en cuenta la eficiencia energética, la calidad del aire interior, la gestión de residuos y la preservación del entorno natural.
Para poder garantizar que se cumple con lo mencionado previamente, existen certificaciones sustentables, como LEED o EDGE que son sistemas de certificación que garantizan que el edificio cumpla con los criterios de la sostenibilidad y logre entre 20-40% de ahorro energético. La certificación —opcionalmente— se lleva a cabo en dos fases: certificación de proyecto y certificación de edificio terminado.
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